Leyenda de Don Juan Manuel

En mi anterior artículo de semblanzas de la calle República de Uruguay les comenté algo de la leyenda de Don Juan Manuel; es por eso que les entrego a continuación el artículo con un extracto breve y sucinto de la leyenda acaecida en dicha calle cuyo nombre en alguna época fué “Calle de Don Juan Manuel”; posteriormente “San Agustín”, hasta tomar el nombre actual.

No lo leas en luna llena porque Don Juan Manuel podría hacerse presente.

LEYENDA:

“A don Juan Manuel de Solórzano se le encendió un extraño furor en el alma. No supo ni cómo le llegó a ella una oleada ardorosa de celos. Con los ojos alucinados seguía desde la sombra de los rincones a su mujer. Anhelante se iba tras ella por las calles, ansiando encontrar a su amante para arrancarle la vida.

…pero por más que escudriñaba en la existencia de su esposa y por más que buscaba y volvía a rebuscar en muebles y escondrijos, no halló jamás cosa alguna que le aclarara lo que él creía muy de cierto que existía, porque don Juan Manuel estaba convencido de que doña Ana tenía un amante en cuyos brazos se desmayaba a diario de amor…

…No pudiendo encontrar nada, fué a ver a un fulano a quién se tenía por brujo para que le descubriera con claridad la prueba que él se afanaba por hallar y no encontraba nunca. El brujo tomó de la mano a don Juan Manuel, quien iba repitiendo las palabras que en bastardo latín y con solemne lentitud litúrgica decía el brujo y por las cuales prometía a Lucifer entregarle su ánima:

… mi compadre Satanás acepta tu alma, don Juan Manuel de Solórzano. El y yo sabemos quién es el amante de tu esposa; si también tú quieres saberlo para que tomes justa venganza, sal de tu casa a las once de la noche y al que pase a esa hora por la acera, mátalo porque él es quien te roba la honra y la dicha; yo, o mi compadre Satanás, nos apareceremos a tu lado para confirmarte, dándote la prueba de que al que le diste muerte era el amante de tu mujer doña Ana. Márchate a tu casa, las potencias infernales te guían…

…Quemó el brujo unas pastillas que levantaron una gran humareda espesa y entre ella desapareció. Don Juan Manuel oyó un estruendo lejano y sobre ese estruendo atravesaron lentas y graves las doce campanadas de la medianoche, y enredándose entre ellas cruzó por el aire un alarido largo y trémulo al que respondieron muchos ladridos de perros invisibles. Una nube negra pasó por la luna. De mundos lejanos llegaban lamentos cargados de angustia. Las estrellas parpadeaban aceleradas en la noche azul…

…Al amanecer, en la Calle Nueva, en donde se alzaba el entonado caserón de don Juan Manuel de Solórzano, la ronda recogió un cadáver con una puñalada en el pecho; a la mañana siguiente encontró la ronda otro muerto, y a la otra, otro más…

Todos los días seguía apareciendo un muerto en la Calle Nueva. Todos los días se conmovía más la ciudad.

Don Juan Manuel, tal y cómo se lo mandó aquel maldito brujo, por cuya boca iluminada dizque hablaba Satanás, noche a noche descendía de su casa a las once en punto y al primero que pasaba a esa hora se le iba acercando muy atento y con atrayente afabilidad le daba las buenas noches y le decía inclinándose en una cortesía palatina:

Perdone que lo interrumpa en su camino, señor, pero ¿podría decirme usarcé qué horas son?

-Las once.

-¿Las once? Pues dichoso usarcé que sabe la hora en que muere.

Y rápido, con extraña agilidad, le metía con un golpe violento la relampagueante daga por los pechos, y con tanto tino lo hacía siempre que iba derecha al corazón, quitándole en el acto la vida que se le salía entre un quejido trémulo al que se unía el ruido seco del cuerpo al caer en tierra y que sólo levantaba un eco vago a la distancia entre la sombra…

…Volvía a su casa don Juan Manuel llevando un satisfecho sosiego en el alma, una alegría maligna se la bañaba, pues ya estaba seguro de haber sacado a la otra vida al que le afrentaba en su honor; pero al día siguiente caía en un violento frenesí abrasándosele el corazón, al sentir en sus oídos el soplo frío de una voz que le decía con lentitud pegajosa que el hombre a quién le dió muerte no era el amante de su esposa, que ése aun vivía atrayendo con delicia a sus amores el corazón de doña Ana Porcel. Saltaba el tempestuoso furor de don Juan Manuel y todo el día no era sino una ansia perpetua porque llegaran las once de la noche para darle alegre gusto a su venganza…

…Así asesinó a muchas personas don Juan Manuel de Solórzano, quince, dieciocho, hasta veinte, tal vez, cayeron bajo la fuerza ciega de su puñal…

…Una mañana llevó la ronda a la casa de don Juan Manuel de Solórzano el cadáver ensangrentado de un anciano. Había matado a su tío. A la otra mañana metieron en el zaguán a otro muerto, era su primo. El dolor rebasaba el corazón de don Juan Manuel…

…Fué al convento de San Francisco y se echó, lleno de angustia, a los pies de un fraile prudente, sabio, lleno de años y virtud. Le pedía sollozando que lo oyera en confesión…

…El fraile le oía con bondadosa gravedad, y al fin le manifestó que para absolverlo de sus culpas tenía que ir por 3 noches seguidas a rezar un rosario, a las once en punto, al pie de la horca que estaba en la Plaza Mayor y que cuando rezara el último volviera para recibirlo en gracia y perdonarlo…

…Esa misma noche fué a la solitaria y tenebrosa Plaza Mayor a empezar a cumplir su penitencia. Todavía no terminaba de rezar su rosario, cuando oyó que cerca salió una voz larga que decía con lentitud quejumbrosa: “¡Un padrenuestro y un avemaría por el alma de don Juan Manuel de Solórzano!” Un gran temblor le ocupó todos los miembros, después de santiguarse medroso. Volvió a su casa con paso acelerado. Con ansiedad pasó la noche y con el primer suave claror de la amanecida fué a ver al fraile franciscano para contarle lo que había oído y todavía el pánico le afilaba las facciones; en su rostro estaba la verdosa palidez del espanto. El fraile le ordenó, afectuoso, entre una clara sonrisa, que volviese a rezar el segundo rosario, aconsejándole que hiciera la santa señal de la cruz si sentía miedo, pues todo lo que le pasaba no eran sino pérfidos ardides del demonio para perderle el alma, que se fuera en paz y que él se quedaría pidiéndole a Dios por su sosiego…

…Don Juan Manuel llegó muy sumiso esa noche a la plaza obscura y siniestra, y apenas se había persignado para principiar el rosario, cuando se quedó inmovilizado en muda zozobra al oír un gemido de agonía entre un ruidoso arrastrar de cadenas. Volvió a caer el silencio, tendiéndose amplio por toda la plaza, bajo la noche obscura; pero de pronto, sintió don Juan Manuel el escalofrío de la muerte al ver que entre las sombras, pasaba lenta, solemne, una doble fila de encapuchados, en sus manos se agitaban como desesperadas las llamas amarillas de los cirios que trazaban en la obscuridad dos trémulas rayas de luz. Entre ese cortejo iba un ataúd con colgantes paños de luto galoneados de plata, que encerraba el cadáver de don Juan Manuel…

…Al verse a sí mismo en el féretro, cayó en pavor de espanto y dió un grito inflamado de terror al mirar que una luz le saltó ondulando entre las manos y cuando en ella posó la mirada vió que apretaba un seco hueso humano cuya punta ardía con fulgor fosforescente, verde, amarillo, azul, rojo, y esa luz calcárea le ponía en la cara terroso color de espectro…

El corazón se le despedazaba a don Juan Manuel. Cuando se deshizo en la oscuridad el cortejo de aquel entierro siniestro, don Juan Manuel empezó a rezar.

…Cayéndose, casi sin aliento, y con una amarillez de hospital, fué al otro día al convento de San Francisco a ver a su confesor. Llevaba aún los ojos alucinados con los fantasmas de la noche anterior. Abrazándose a las piernas del fraile levantaba hasta él sus ojos imploradores entre lágrimas; también alzaba su ruego anhelante, suplicando que por el amor de Dios lo absolviera ya de sus pecados antes de morir. El padre franciscano por no faltar a la caridad, le dió la absolución que le pedía con tan angustioso ahinco, pero le mandó que fuese aún esa noche al pie de la horca a rezar el rosario que le faltaba…

Salió don Juan Manuel de la celda temblándole el pulso y el corazón. No acertaba a decir una sola palabra. Era todo palidez y zozobra.

…Salió de su casa esa noche con el rostro demudado, con los ojos lucientes de fiebre y apretándose el crucifijo del rosario contra el pecho. Llegó a la Plaza Mayor y oyó un grito, un largo grito arrebatado, desgarrador, que se metió entre las graves campanadas de las once, alucinante y trémulo. Después cayó el silencio, un silencio más hondo que otros silencios…

…A la mañana siguiente todo México vió, con asombro grande, pendiente de la horca, el cadaver del rico caballero don Juan Manuel de Solórzano. La gente decía santiguándose, que los ángeles lo habían ahorcado y rezaban por él una oración. Los oidores se miraban unos a otros de soslayo y sonreían, y algunos, con las manos pegadas al pecho, se las frotaban, con ese aceleramiento que da el gusto”

Espero que hayas disfrutado la lectura; y te deseo buenos sueeeeñooooos ¡ejem !

Recuerda revisar tu bicicleta periódicamente a manera de mantenimiento preventivo, para evitarte problemas y peligros futuros.

Extracto del libro “Historia,tradiciones y leyendas de calles de México” / Artemio de Valle-Arizpe

Hasta la vista. JC Cavallëro/ Agosto 2013

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