Recuperemos la Ilusión por nuestra ciudad.

Cuando estaba por publicar el artículo de la calle de República del Salvador, me quedé un momento pensando en si le interesaría a alguien lo que he escrito y publicado, y me  entró la duda, debido a que en nuestras correrías por la ciudad, hemos visto que  la mayoría  de nosotros los ciudadanos, en la gran parte de los casos, nos comportamos de forma insociable,  indolente, indiferente, apática (en el sentido social), caminando como automatizados,  unos con nuestro celular ó  palm, o nuestros audífonos, como poniendo una barrera al entorno y a nuestros congéneres (aunque en realidad no vayamos hablando con nadie, ni oyendo música); otras en una postura de alerta ante posibles asaltos o agresiones; otras en completa distracción; otros como los galgos a  los que les ponen la liebre enfrente (a toda velocidad), pero en la mayoría de los casos, caminando o pedaleando nuestra  bicicleta, como si no existieran ni edificios, ni cielo, ni sol, ni personas, ni iglesias ni monumentos, ni pájaros, ni mariposas – en el mejor de los casos consumimos –  y como si no quisiéramos saber nada del entorno que nos rodea y que  conforma la ciudad, en la cual  se encuentra tanto conocimiento, historia y  belleza, que no nos sería suficiente la vida entera para disfrutar de la vastedad que nos brindan la naturaleza y el conocimiento de épocas pasadas.

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En muchas ocasiones, nos ha pasado que cuando le preguntamos a alguien que trabaja en el interior de algún inmueble histórico – porque somos muy curiosos – algo acerca del lugar, resulta, que no tienen idea de lo que pudo haber acontecido en ése lugar – con sus excepciones – ó no se imaginan el valor histórico del entorno en el que llevan a cabo sus actividades diarias.

Entonces pensé: ¿Qué pensaría “nuestra ciudad” como ente vivo y cobijo de todos nosotros, de ésta situación si pudiera comunicarnos su sentir?

Recordé una novela de la escritora de origen poblano Elena Garro que leí hace algunos años, y corrí por ella – porque me agradó su narrativa –  para entregarles a ustedes mis queridos amigos un extracto de la novela “Los Recuerdos del Porvenir” (nombre inspirado en una pulquería), en donde habla la ciudad de “Ixtepec” ( síntesis compleja de varias poblaciones mexicanas), y se vuelve la narradora de su propia situación en la época de la Revolución Cristera, acerca de qué siente y como se comporta su gente, la que perdió la ilusión, el sentido de la curiosidad y la capacidad de asombro. Un sentimiento muy singular, que creo que sería muy cercano a lo que pensaría “nuestra ciudad” en la actualidad.

Nota: Recuerda que la ciudad es la que narra

“…En su primera noche en Ixtepec, Felipe Hurtado había dicho a sus huéspedes: “Lo que falta aquí es la ilusión”. Sus amigos no lo entendieron pero sus palabras quedaron escritas en mi memoria con un humo incandescente que aparecía y desaparecía según mi estado de ánimo. La vida en aquellos días se empañaba y nadie vivía sino a través del general y su querida.

Habíamos renunciado a la ilusión.

¿Dónde quedaba mi cielo siempre cambiante en sus colores y sus nubes? ¿Dónde el esplendor del valle amarillo como el topacio? Nadie se preocupaba de mirar al sol que caía envuelto en llamaradas naranjas detrás de los montes azules. Se hablaba del calor como de una maldición y se olvidaba que la belleza del aire incendiado proyectaba los rostros y los árboles humeantes en un espejo purísimo y profundo. Ignoraban las jóvenes que el reflejo de sus ojos era el mismo que el de la luz inmóvil de agosto. En cambio, yo me veía como joya.

Las piedras adquirían volúmenes y formas diferentes y una sola me hubiera empobrecido con sólo moverse de lugar. Las esquinas se volvían de plata y oro. Los contrafuertes de las casas se abultaban en el aire de la tarde y se afilaban hasta volverse irreales en la luz del amanecer. Los árboles cambian de forma. Los pasos de los hombres sacaban sonidos de las piedras y las calles se llenaban de tambores. ¿Y qué decir de la iglesia? El atrio crecía y sus muros no pisaban tierra. La sirena de la veleta apuntaba con su cola de plata hacia el mar, nostálgica del agua. Un canto de chicharras inundaba el valle, se levantaba de las bardas, aparecía cerca de las fuentes inmóviles; las chicharras eran las únicas que agradecían al sol que llegara a la mitad del cielo. Nadie miraba las lagartijas tornasoles. Todo mi esplendor caía en la ignorancia, en un no querer mirarme, en un olvido voluntario. Y mientras tanto mi belleza ilusoria y cambiante se consumía y renacía como una salamandra en mitad de las llamas. En vano cruzaban los jardines nubes de mariposas amarillas: nadie agradecía sus apariciones repentinas…”

Ten en cuenta, que no es una llamada de atención, sino una reflexión-invitación para tratar de contribuir a que nuestra ciudad levante los ánimos para los tiempos que vienen, los que yo creo que son muy promisorios, si entre todos – ciudad, estado, patria y ciudadanosRECUPERAMOS LA ILUSIÓN.

Saludos y abrazos, y recuerda que cuando circules en bicicleta,  es conveniente ocupar el centro del carril cuando tu velocidad sea semejante a la de los automóviles.

Redacción JC Cavallëro/junio 2013

Extracto: Novela “Los recuerdos del porvenir” de Elena Garro

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