Calle Venustiano Carranza (semblanzas 2)

Como les prometí, estoy preparando un planito del recorrido de la calle Venustiano Carranza, para que no batallen en su paseo en bici, el que les entregaré en un próximo artículo; pero mientras tanto, quiero contarles un hecho muy curioso y simpático – a propósito de la publicación que nos ocupa – que tuvo lugar en la calle de Cadena, la que después fue Capuchinas y ahora es la 2ª. De  Venustiano Carranza, para que se den una idea del abismo en la diferencia de las costumbres entre la época de Don Venustiano y la actual:

Artemio del Valle-Arizpe

Artemio del Valle-Arizpe

” Doña Isabel de Ayamonte llega a la calle de Cadena a visitar a don Cristóbal Balandrano.

Baja doña Isabel del carruaje ágil, gentilísima, esbelta; se le ve un poco de las medias rosadas, de punto de Manila; se le ven los argentados chapines a lo ponleví, con gran roseta sobre el empeine; susurran las esponjadas sedas de su traje amaranto, de gran ruedo en su basquiña, con trepa de encajes plateados y flores negras de terciopelo.

Camina doña Isabel de Ayamonte con incitante donaire y como si fuese ajustando los pasos al ritmo de una música.

Sírvase pasar, señora, le ruego, a esta habitación le dice el criado.

Pero ¿Qué tengo yo que hacer en esta habitación?

Don Cristóbal, acaso, iría a bajar allí?(piensa Doña Isabel)

Con un breve, imperioso ademán, el criado le manda que se siente, y apenas lo hace le dice:

Señora, yo soy un ladrón. No, no se alarme usted, señora; sí soy un ladrón; mis compañeros están arriba desvalijando con mucho cuidado a don Cristóbal, a quien Dios guarde largos años; ya no deben tardar mucho, pues siempre despachan pronto sus asuntos, pero , sin embargo, voy a ayudarles un poco, a echarles una mano para que acaben cuanto antes su pesada faena y no se fatiguen demasiado los pobrecitos. Usted, señora mía, esperará aquí, y me permito advertirle, con todo respeto, que si sale a dar aviso a su cochero, a su lacayo, o a pedir auxilio,  o si tan siquiera se mueve usted de ese asiento, tendré la pena, muy grande y muy justa, de matarla. El asiento ese en que está es algo incómodo, duro, pero, ¿Qué le vamos a hacer, señora? ¡Ah, estos ricos, señora mía, no saben prever nada! Con su venia me retiro a ayudar a mis pobres y atareados compañeros.

Luego el ruido que alzan en las baldosas del patio muchos pasos rápidos con suelas claveteadas a lo villano. Hasta ocho hombres entran en la habitación; cada uno trae un gran envoltorio.

Señora – le dice el mismo hombre que hacía poco le habló, quien adelantándose del grupo, se dobla en una caravana -; señora, nos vamos; hemos concluido nuestro negocio, y lo hemos concluido bien, perfectamente bien. Bueno lo hemos hecho,  espléndido, tal y como lo hubimos pensado. Fue una obra maestra. Ahora usted debe, se lo rogamos, esperar quince minutos sin moverse de esa silla en que está y que lamento infinito que sea tan incómoda; ya dirá al señor don Cristóbal que ponga aquí una más suave por si llegare otra ocasión como ésta. Pero ¿desea usted algún cojín para mayor comodidad? ¿Sí? Puedo ir a bajárselo. No es mucho tiempo que le suplicamos que esté allí sentada; tan sólo quince minutos, ¿qué son quince minutos? Y al pasar este cuarto de hora le pedimos por gracia, encarecidamente, que suba usted, para que, cuanto antes, desate a don Cristóbal para que no le atormente más lo apretado de las ligaduras que mis distinguidos colegas le pusieron; entretanto rece por nosotros la oración del Justo Juez o la de la Piedra Imán; Dios Nuestro Señor se lo pagará, señora. Adiós, señora mía, y perdóneme, le suplico, tanta conversación con la que, de fijo, la he importunado.

Salen los ladrones y el reloj  sigue con su doliente latido, afanándose por llegar a los quince minutos señalados, por fin suena la campanada del cuarto, se alza veloz, corre por el patio, sube la escalera.

Llega, por fin, doña Isabel a la alcoba de don Cristóbal, y lo ve en la cama, bien atado a ella ; lo desata y él se alza tranquilo, sonriente, afable y dice:

No hay que avisar a nadie; lo hecho, hecho queda, y no tiene remedio. Lleváronse lo suyo e hicieron bien en llevárselo; claro que hicieron bien. ¿Para qué lo quería yo? Ya no hay que hablar más de esto. Vayan todos a sus labores y lleven luces a la sala y luego lleven la merienda.

Esta Refugita es un primor, una presea de oro. Ya verá usted, doña Isabel, mi querida doña Isabel. Pero venga conmigo a la biblioteca, que quiero leerle el soneto que compuse anoche.

Doña Isabel, pálida, temblorosa, da el brazo a don Cristóbal y entra con él en la estancia en que tiene sus libros, y éste con voz tranquila, sonora, se pone a leer lo que está escrito, una tierna cuita de amor”

Qué tal? Nada parecido a lo que acontece hoy en día en el transcurso de un asalto, o nó?

En lo personal, lo que me pareció más interesante en ésta historia, fue la actitud tan serena y tan despegada de las cosas materiales que adoptó Don Cristóbal, al grado de no haber trastocado el hecho, su ritmo de vida, lo cual es un ejemplo para todos nosotros que le damos demasiado valor a las cosas materiales y que tenemos compulsión por el consumismo.

Extracto exiguo y sucinto del libro “Historia, tradiciones y leyendas de Calles de México” de Artemio de Valle-Arizpe.

Artemio-del-valle-Arizpe-bicitando

Que tengas buen día, y recuerda no usar audífonos en tu bici mientras circulas, ya que te impiden reaccionar con rapidez a los sonidos de alerta o peligro inminente.

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